Hay viajes que se planean con ilusión y otros que se hacen casi por obligación, con la sensación de estar cumpliendo una imposición y, curiosamente, estos son los que más decepcionan
Todo el mundo dice que la luna de miel ha sido uno de los viajes más increíbles de su vida. Es el primer viaje como marido y mujer, como pareja recién estrenada, como protagonistas de una nueva etapa. Se supone que es romántico, inolvidable y digno de álbum, stories y recuerdos para siempre. Y claro, con ese discurso tan bien aprendido, una se sube al avión convencida de que va a vivir algo inolvidable, cuando en realidad llega con ojeras, cansancio acumulado y más ganas de dormir ocho horas seguidas que de madrugar para ver un amanecer espectacular o esa maravilla del mundo que habéis decidido visitar.

Y ahí empieza el choque con la realidad. El viaje no está mal, ni mucho menos. El hotel es bonito, el destino impresiona, está de moda, la comida está rica. Pero hay momentos en los que te descubres pensando: “¿y ya está?”. No sientes fuegos artificiales contantes, no todo es tan mágico como describían y, para colmo, estás cansadísima. Y más, si habéis decidido partir a vuestra luna de miel justo el día siguiente a la boda. Entonces aparece la duda, “¿soy rara o esto no es para tanto?”. Tranquila, no eres la única. La pregunta real es otra: ¿por qué pasa esto?
Cuando la luna de miel parece más un deber que un deseo
Gran parte del problema es la expectativa impuesta. Entre redes sociales, anuncios de viajes y comentarios, la luna de miel se ha convertido en una especia de prueba final. Tiene que ser lejos, espectacular y digna de envidia. Porque claro, “una luna de miel es para hacer un viaje a lo grande”, como si hubiera un tribunal internacional evaluando tu destino y dándole la aprobación y tachándola de “cutre”.

Así, muchas parejas acaban eligiendo viajes que no encajan con ellas. Itinerarios eternos cuando lo único que necesitan es parar y descansar después de tanto ajetreo. Destino hiperactivos cuando el cuerpo pide silencio, cero planes y relax. Pero como “toca”, se hace, y luego pasa lo que pasa que las expectativas no llegan a la realidad.
Además, nadie habla del cansancio postboda. Vienes de meses decidiendo, organizando, cuadrando agendas y gestionando emociones. Y justo después de todo eso, te lanzas a un viaje que requiere energía, ganas y entusiasmo máximo. A veces, lo único que quieres es dormir, comer sin prisas y no tomar decisiones durante una semana. Y eso también debería contar como una luna de miel, aunque no salga en las fotos.
Otro punto clave es la presión por disfrutarlo a cada rato. Como es la luna de miel, parece que no puedes tener un día malo, una discusión tonta o un momento de bajón. Y cuando eso pasa, porque pasa, encima te sientes culpable. Error. No disfrutar cada segundo no significa que el viaje vaya a ser un desastre, no se puede idealizar absolutamente todo.

Y luego está la gran mentira, y es que no es el único viaje importante que haréis junto. Como si después, nunca más pudierais coger un avión. Sí, habrá más viajes y muchos te resultarán mejores, más divertidos, porque irán sin expectativas absurdas y con más conocimiento de lo que realmente os gusta como pareja. Por so, el viaje que más decepciona suele ser el que se hace “porque toca”. El que no nace de una ilusión real, sino de una idea heredada o el que se elige para cumplir lo que se espera de una luna de miel. Y da igual lo impresionante que sea el destino, si no conecta con la pareja, algo falla.
Debes entender, que el viaje más lejano o más caro no siempre es el mejor. Quizás algo más sencillo, más tranquilo y más cerquita sea el que más os impresione y con el que más disfrutéis.

Salomé estudió periódismo en Madrid pero por su corazón corre sangre andaluza. Su pasión por contar historias, su afición por viajar y su amor por la moda y las bodas, la llevaron a trabajar en LuciaSeCasa, donde comparte consejos y tendencias inspirando a futuras parejas.