Fotografía: Magnific https://www.magnific.com/es/foto-gratis/hermosos-retratos-lgtbiq-plus_20082480.htm#fromView=search&page=1&position=18&uuid=0709d81d-9df4-4f26-9896-b61de87090af&track=ais_hybrid&query=flores+mujer
Una flor, infinitas posibilidades. La floristería nupcial se reinventa: menos fórmulas cerradas y más arquitectura, volumen, movimiento y personalidad
Udora propone mirar a la alta costura para entender una nueva forma de concebir la floristería nupcial. Primero elegimos el vestido. Después llegan los zapatos, los pendientes, el peinado, el maquillaje. Y, en algún momento del proceso, aparece una pregunta aparentemente mucho más sencilla: ¿qué flores quiero?
Durante décadas, la floristería nupcial ha funcionado, al menos en lo que respecta al estilismo de la novia, casi como el último complemento del look. El vestido marca el camino y el ramo termina de acompañarlo. Cambian las especies, los colores y las formas, del clásico bouquet redondo a los ramos silvestres, asimétricos o XL, pero el orden de los factores suele mantenerse intacto.
Si las flores no fueran el último elemento que añadimos al estilismo, sino una parte más de su construcción estética. Si las eligiéramos atendiendo al volumen, la textura, la proporción o el movimiento, de la misma manera que un diseñador trabaja un tejido. Si, en definitiva, dejáramos de pensar únicamente en flores bonitas para empezar a pensar en diseño floral.
Udora denomina Flower Couture a esta manera de entender la floristería nupcial: un encuentro entre dos disciplinas que, en realidad, llevan mucho tiempo hablando un lenguaje bastante parecido.
“Un diseñador no piensa únicamente en si una tela es bonita. Piensa en cómo cae, cómo se mueve, qué volumen permite construir y qué ocurre cuando entra en contacto con el cuerpo. Con las flores podemos hacer algo muy similar. Cada variedad tiene una arquitectura, una textura y un movimiento diferente, y trabajar con ellas desde ese punto de vista abre muchísimas posibilidades”, explican los expertos de Udora.
Para explorar el concepto, la creadora Katia Shukshina ha realizado para Udora una serie de imágenes en las que el lirio deja de aparecer únicamente como flor para convertirse casi en materia prima. Flores y hojas construyen volúmenes, se acercan al cuerpo y adoptan códigos propios de la moda. El resultado se mueve deliberadamente entre ambas disciplinas: sigue siendo floristería, pero podría estar ocurriendo sobre una pasarela.
Una de las grandes diferencias entre la floristería tradicional y esta mirada más experimental está precisamente en dejar de pensar en las flores únicamente por su color o significado y empezar a observar su forma.
Hay flores pequeñas y ligeras capaces de generar textura cuando se utilizan en cantidad; variedades con pétalos casi translúcidos; tallos que permiten crear líneas; hojas que aportan estructura; flores que caen y otras que permanecen prácticamente escultóricas. En este contexto, el lirio es un ejemplo especialmente interesante.
Su tamaño, la apertura de sus pétalos, sus largos estambres y la presencia de hojas y tallos hacen que una sola flor tenga una fuerza visual enorme. Utilizado individualmente puede funcionar casi como una joya; agrupado, construye un volumen completamente diferente. Y ahí aparece una de las claves del Flower Couture: no siempre necesitamos más elementos para conseguir un resultado más espectacular. A veces ocurre exactamente lo contrario.
Frente a las composiciones construidas a partir de numerosas variedades, Udora propone explorar otra de las grandes posibilidades de la nueva floristería nupcial: elegir una sola flor y convertirla en protagonista. Una especie. Diferentes escalas, formatos y usos. Es lo que podríamos llamar The One Flower Wedding.
La idea no consiste necesariamente en llenar cada rincón de la boda con la misma flor, sino en utilizarla como un código visual reconocible. Puede aparecer en el ramo, transformarse en un pequeño detalle sobre el cuerpo, reaparecer en la ceremonia y regresar, de otra manera, sobre las mesas. De este modo, la flor deja de ser simplemente decoración y empieza a funcionar casi como lo haría un color, un tejido o un elemento gráfico dentro de una colección de moda: crea identidad.
“Trabajar con una sola variedad obliga a ser mucho más creativo con ella. Podemos utilizar una flor cerrada y otra completamente abierta, trabajar con los tallos, crear grandes masas o dejar una única pieza aislada. Es la repetición, pero también las distintas maneras de interpretarla, lo que genera coherencia”, señalan desde Udora.
Además, permite algo especialmente interesante en una boda contemporánea: crear una estética reconocible sin necesidad de que absolutamente todo combine.
El Flower Couture también invita a replantearse uno de los grandes clásicos de cualquier boda: el ramo de novia. No se trata de hacerlo desaparecer. De hecho, probablemente pocas tradiciones nupciales hayan demostrado tanta capacidad para reinventarse.
Pero sí podemos dejar atrás la idea de que existe una forma determinada que necesariamente debemos reconocer como “ramo”. Las composiciones pueden crecer hacia los lados, caer, construir formas irregulares, concentrar todo el volumen en un punto o incluso relacionarse con la silueta del vestido. En ese contexto, el ramo deja de ser únicamente algo que la novia sostiene y empieza a formar parte visualmente de su estilismo.
La proporción importa especialmente. Un vestido arquitectónico puede admitir una composición floral igualmente rotunda, mientras que un diseño muy ornamentado quizá necesite exactamente lo contrario. Un vestido minimalista puede convertirse, precisamente por su sencillez, en el lienzo perfecto para una pieza floral mucho más experimental. No existe el ramo perfecto aislado del vestido. Existe el ramo adecuado para la novia
que va a llevarlo.
Y aquí la conversación entre moda y floristería se vuelve todavía más literal. Tocados, gargantillas, brazaletes, corsages, cinturones, pequeños detalles florales sobre zapatos o bolsos e incluso flores integradas en determinadas partes del vestido permiten trasladar la flor directamente al cuerpo.
No todos tienen que utilizarse simultáneamente —probablemente sea mejor que no— ni todas las novias necesitan convertir su boda en un editorial de moda. Precisamente la gracia está en elegir un gesto. Una única flor alrededor del cuello puede transformar un vestido extremadamente sencillo. Un pequeño detalle floral puede sustituir una joya. Una pieza botánica puede aparecer únicamente en el segundo look de la noche.
Incluso el ramo puede cambiar de función a lo largo de la boda. La ceremonia puede mantener una composición más tradicional y dar paso después a una pieza floral más experimental para la fiesta; o una novia puede prescindir directamente del ramo y reservar las flores para otra parte del estilismo.
Porque quizá la pregunta ya no sea únicamente qué ramo voy a llevar, sino cómo quiero llevar las flores.
Naturalmente, hay una diferencia importante entre construir una imagen editorial y diseñar algo que una novia pueda llevar durante horas. Y aquí la estética tiene que encontrarse
necesariamente con la técnica.
No todas las flores reaccionan igual fuera del agua, soportan el calor de la misma manera ni resultan adecuadas para estar durante horas en contacto con la piel o con un tejido delicado. El peso de una pieza, su sistema de sujeción, la época del año e incluso el momento de la boda en el que vaya a utilizarse condicionan el diseño
En determinadas propuestas puede ser necesario combinar flores frescas con flores preservadas, recurrir a pequeños sistemas de hidratación o construir la pieza apenas unas horas antes.
Y algunos detalles aparentemente mínimos son fundamentales. En el caso del lirio, por ejemplo, retirar cuidadosamente las anteras puede ayudar a evitar que el polen termine sobre un vestido blanco.
“El reto está en conseguir que una idea resulte visualmente extraordinaria sin olvidar que alguien tiene que llevarla”, explican los expertos de Udora. “La floristería nupcial tiene una parte creativa enorme, pero también mucho conocimiento técnico detrás. La duración, la temperatura, el contacto con el vestido o el propio movimiento de la novia tienen que formar parte del diseño desde el principio”.
Por eso, cuando hablamos de Flower Couture, la personalización deja de ser únicamente una cuestión estética. También es funcional.
Quizá el cambio más interesante no esté en sustituir un ramo por una flor alrededor del cuello ni en convertir unos pétalos en un complemento.
Está en el momento en el que empezamos a pensar en las flores.
Si el diseño floral entra antes en la conversación, puede dialogar con el vestido, con el espacio, con la paleta cromática y con la personalidad de la novia desde el principio. Y eso permite alejarse también de las fórmulas.
No todas las bodas románticas necesitan peonías. No todas las bodas campestres necesitan flores silvestres. Ni todas las novias minimalistas tienen que llevar un ramo pequeño y blanco. De la misma manera que la moda nupcial ha ampliado enormemente
su vocabulario durante los últimos años, la floristería puede permitirse hacer
lo mismo.
Experimentar. Exagerar una proporción. Trabajar únicamente con una variedad. Utilizar una flor donde normalmente esperaríamos encontrar una joya. O, sencillamente, elegir algo porque habla de quien lo lleva y no porque pertenezca a una determinada categoría de boda.
Porque Flower Couture no propone convertir todas las bodas en una pasarela. Propone algo bastante más interesante: empezar a conceder a las flores la misma capacidad creativa que hace tiempo concedimos al vestido
Salomé estudió periódismo en Madrid pero por su corazón corre sangre andaluza. Su pasión por contar historias, su afición por viajar y su amor por la moda y las bodas, la llevaron a trabajar en LuciaSeCasa, donde comparte consejos y tendencias inspirando a futuras parejas.
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